Aikido Mujeres

EL AIKIDO Y LA MUJER

Existe un gran rechazo social sobre aquellas prácticas que no coinciden con lo “femenino” (definido por suave y delicado), pues rompen con el modelo imperante pero con el cual todas nos identificamos sin ser totalmente conscientes del engaño al que somos sometidas. El AIKIDO por definición no contiene elementos diferenciadores entre mujeres y hombres, ni en las técnicas, ni en la vestimenta; además, en la práctica, la fuerza es prácticamente irrelevante para realizar un buen ejercicio marcial. Incluso, en la cultura japonesa, con sus rígidas normas, admitía la participación de las mujeres dentro de sus dojos.

En general, el propósito del AIKIDO es educar al cuerpo, a la mente y al espíritu, con el fin de lograr un desarrollo integral del ser humano. Desglosando lo que este arte marcial nos ofrece tenemos que, en cuanto a la salud corporal, los beneficios de la actividad física para las mujeres son innumerables, los movimientos se hacen más sutiles y coordinados, a la vez que mejora la condición física; en general se embellece el cuerpo. Esta mejora va unida al conocimiento de nuestra propia mente: ser conscientes de lo que pasa por ella nos permite gestionar de forma inteligente nuestras emociones.

La base del AIKIDO es la no-violencia, sus pautas van dirigidas a enseñarnos a vivir en armonía con uno mismo, sabiendo enfrentarnos a sentimientos negativos como la ira, el miedo, la duda, la indecisión, el menosprecio, la vanidad, etc. Como metodología se utiliza la propia práctica, siguiendo la premisa “una acción es un pensamiento que se manifiesta”. No se trata de camuflar nuestras emociones sino todo lo contrario, hay que expresar nuestro sentimiento a quien nos lo haya generado, pero es importante saberlo hacer de forma asertiva y respetuosa. Cuanta mayor coherencia exista entre nuestro pensar, nuestro sentir y nuestras acciones, mayor equilibrio, bienestar y libertad habrá en nuestra vida.

El AIKIDO es una vía de unidad del cuerpo con el espíritu (la respiración). Unos movimientos flexibles nos hablaran de un interior abierto a todas las posibilidades y retos que la vida nos ofrece; la resistencia al esfuerzo se traduce en paciencia y superación del sufrimiento; la agudeza en los reflejos, en la capacidad de observar todo lo que pasa a nuestro alrededor. Nos expresamos con el cuerpo, a través de él experimentamos la vida, nos movemos y sentimos por medio de él. Aquél es un instrumento al servicio del “Yo” y por ello, debe ser cuidado, mantenido, entrenado, e incluso conducido. Si somos incapaces de amarnos, de aceptar como somos (física y mentalmente), no seremos capaces de querer y aceptar a otras personas. Si no sabemos escuchar nuestro cuerpo, ¿cómo vamos a saber lo que necesita? Pero es difícil escuchar cuando estamos llenas de obsesiones, ansiedades, cuando reprimimos nuestros deseos,… Al liberar las tensiones del cuerpo dejaremos de dañarlo y dañarnos, entonces tomaremos conciencia de nosotras mismas, de nuestras limitaciones y capacidades.

Pocas veces, se tiene en cuenta que la práctica del AIKIDO puede ser un recurso para la educación, prevención, cura y defensa frente a la violencia contra las mujeres, sin embargo, son notables los beneficios que la práctica de este arte procura para la socialización y la educación, en igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres.

La transmisión de valores como el respeto hacia el otro y hacia uno mismo, el autodominio, el coraje, la modestia, la calma, etc. son parte de las herramientas utilizadas para tal fin. Hay que destacar que estas enseñanzas nos llevan a obtener mayor confianza en nosotras mismas. Y no hablo de una confianza en sí misma ante una agresión o asalto, lo cual es una cosa accidental, sino la confianza que se necesita en las actividades diarias, ya sea en el trabajo, estudio, hogar y relaciones sociales.

Estar segura y tranquila con una misma, es fundamental para poder decidir qué persona queremos ser y reconocer qué es lo que nos hace feliz, rompiendo con el autoengaño al cual las mujeres nos hemos venido sometiendo, dada la internalización de normas enajenantes como pueden ser: la culpabilidad, la falta de autoestima, incapacidad para identificar las emociones o bien para poder expresarlas, desconfianza ante nuestras propias capacidades, el poco respeto ante nuestro cuerpo, y así, hasta un sin fin de aspectos.

El AIKIDO se basa en movimientos armónicos, éstos revelan los hábitos personales, nuestra actitud ante la vida y nuestra forma de enfrentarnos a ella. Nos descubre la manera en la que pensamos, percibimos, interactuamos y respondemos a situaciones cotidianas. Ser consciente de todo ello es primer paso para transformar en positivo aquello de nosotras que nos bloquea o nos daña.

Desde la práctica del AIKIDO se nos plantea nuevas maneras de encararnos con los conflictos y rompe con la idea de que sólo se puede crecer o lograr algo mediante la violencia. Evidentemente, no se trata de ser sumisas o reprimidas, sino de ser capaces de encontrar el camino más adecuado que guíe nuestras diferentes energías hacia una resolución no violenta de los desacuerdos. Es un hecho constatado que las víctimas de la violencia de género están presas de la angustia, la impotencia, el temor y la desorientación. Ven minada la capacidad de pensar con claridad, de concentrarse o de tomar decisiones. Por consiguiente necesitan recuperar el sentido de seguridad, de esperanza y de control sobre sus vidas.

El AIKIDO plantea una tarea curativa que consiste, en la búsqueda de la paz interior y en la recuperación de la fuerza para reconstruir un nuevo proyecto vital. Si la violencia contra las mujeres constituye una aberración que se alimenta y sobrevive en el entramado de nuestra sociedad, su erradicación nos concierne a todos y todas. Aunque ya en pleno siglo XXI, las barreras de género son menores que antaño, a las mujeres nos queda mucho por superar. Hemos de tener el coraje de entrar en los territorios que desde tiempos ancestrales, nos han sido vetados por el mero hecho de ser mujeres.

Reiteramos que el AIKIDO es una filosofía de vida, no se queda en la técnica sino que la transciende para posibilitar el progreso del individuo. La manera en como lo practicamos no es más que una metáfora de nuestra vida y nuestras experiencias. Dado que, todas las actitudes y comportamientos están dentro del abanico de posibilidades de la persona, es responsabilidad nuestra elegir aquellas formas que conduzcan hacia una mayor armonía con nosotras mismas y con el resto de la humanidad.

Porque el verdadero rumbo de la vida está determinado desde nuestro interior, tenemos que autoconocernos, y una vez adquirido éste, hemos de autorealizarnos. Pues la verdadera libertad está en ser lo que uno es.

 

Fuente: Takemusudojo

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