El sable que une cielo y tierra – Parte II

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Ame no Ukihashi Ken, el sable que une cielo y tierra – Parte II

Traducción de Articulo de Régis Soavi sobre el tema del sable en el Aikido publicado en Dragon Magazine (Spécial Aikido nº12) – Abril 2016

 Traductor: Javier López de Sabando

 

Un principio de realidad

Para Tatsuzawa Sensei el entrenamiento tenía que ser real. Durante nuestros entrenamientos de los años setenta, utilizaba un iaito ¡y pegaba como un condenado! “Men, men, kote, tsuki, men, tsuki.” Evidentemente, en un momento dado, y con la ayuda del cansancio, recibí el impacto del sable en el hombro, todavía me acuerdo. Como se trataba de un sable de metal, penetró algunos centímetros en mi piel, tres, puede que cuatro. Eso me despertó. Nunca más me he vuelto a dormir en los movimientos de esquive. Se acabó. Se trataba de un despertar, puesto que evidentemente no estaba allí para hacerme daño. Su estado de espíritu era el de despertarme, de empujarme en una dirección, de manera que no fuera una especie de patán dormido. Y bien, me sirvió. En éste sentido, el sable puede despertarnos. Una buena patada en el culo vale a veces más que mil caricias. Todavía estoy muy agradecido a mi maestro por haber hecho entrar la realidad en mi cuerpo.
Hoy en día, cuando el Aikido parece convertirse en un pasatiempos para algunos, yo les devuelvo a la realidad con dulzura pero con firmeza.
He visto a menudo parodias de desenfundar katanas con un bokken, dónde uno se contenta con abrir la mano, imitando la salida de un sable (los que practican el Iai me entenderán).
No tenemos que confundir el Noble Arte del Sable con el uso que le damos en Aikido.
A mi hija, que practica Aikido desde pequeñita y le encanta el sable, siempre la he aconsejado de visitar una verdadera escuela de sable. Ha elegido estudiar ella también, además del Aikido, el Bushuden Kiraku Ryu con Tatsuzawa Sensei, y el Iaijutsu con Matsuura Sensei, que les enseñan lo que jamás podría enseñarle.
El Aikiken no es Kendo, ni Iaido. La poesía no es una novela, y viceversa, cada arte tiene sus especificaciones, pero cuando utilizamos un bokken no tenemos que olvidar que es también una katana que tiene una tsuba y una funda aunque sean invisibles. Lo tenemos que usar con el mismo respeto, el mismo rigor, la misma atención.
Cada bokken es único, pese a su fabricación a menudo más bien industrial, nos toca a nosotros convertirlo en un objeto respetable, único, gracias a nuestra atención, a la manera en que lo manipulamos, en que lo movemos. Por ejemplo, si visualizamos el hecho de desenfundar el sable trabajando con un bokken, también tenemos que visualizar el hecho de enfundarlo. Poco a poco se va cargando, podemos tener la impresión que se hace más pesado. De hecho, los alumnos que tienen ocasión de tocar mi bokken, de cogerlo, y a veces de trabajar con él, lo encuentran siempre muy especial, a la vez más fácil de manejar y al mismo tiempo más exigente, dicen. No es del todo el mismo, ya no es un bokken ordinario. Es por ello que aconsejo a mis alumnos hacerse con su propio bokken, su propio jo. Las armas se cargan. Si poseéis un bokken o un jo que habéis elegido bien, que habéis cargado de ki, y que utilizáis durante años, tendrá una naturaleza diferente, se os va a parecer en cierta medida. Ya podréis conocer exactamente su dimensión, la dimensión del jo, la dimensión del bokken, al milímetro. Lo que os evitará accidentes. Tendrá una consistencia diferente si actuamos de ésta manera, será entonces el reflejo de lo que somos. La circulación del ki cambia el bokken y podemos empezar a comprender por qué el sable era el alma del samurái.
Nos acordamos de esos sables legendarios que reflejaban tanto el alma del samurái que no podían ser tocados más que por su dueño. Tuve ocasión de descubrir esto en una época en la que, para continuar a practicar y proveer a mis necesidades, trabajaba en un mercadillo de antigüedades. Me hice un especialista de reventa de sables japoneses, katana, wakizashi, tanto. El hecho de tenerlos a mano, ya que en ningún caso tenía medios para comprarlos, me permitió, más aún que de admirarlos, de descubrir algo indecible.
Algunos tenían tal carga de ki, ¡que era extremadamente impresionante! Se podía sentir solamente sacando diez a quince centímetros de filo, si el sable tenía un alma agresiva o generosa, o bien si desprendía una gran nobleza, etc… Al principio me parecía absurdo, pero los vendedores con los que trataba me confirmaron la realidad de esas sensaciones y más tarde, las conversaciones que mantuve con Tsuda Sensei las poseyeron de la realidad que necesitaban.

Un arma sin respiración, sin fusión, ¿Qué es? Nada de nada, un pedazo de madera, un pedazo de metal.
Tchouang-tseu, nos habla bien de fusión, de extensión del ser con la herramienta, el arma, cuando habla del carnicero:

La fusión con el compañero

“Cuando comencé a practicar mi profesión, veía todo un buey delante de mí. Tres años más tarde, ya no veía más que partes del mismo. Hoy, lo veo a través del espíritu sin ni siquiera mirarlo con mis ojos. Mis sentidos ya no intervienen. Mi espíritu actúa como le parece y sigue él mismo las líneas del buey. Cuando mi filo corta y separa, sigue los quiebros y las hendiduras que se le ofrecen. No toca ni las venas, ni os tendones, ni el recubrimientos de los huesos, ni por supuesto el hueso en sí […] Cuando encuentro una articulación, detecto el punto difícil, lo fijo con la mirada y, actuando con una prudencia extrema, lentamente la corto. Bajo la acción delicada del filo, las partes se separan de una manera ligera, como un poco de tierra que depositamos en el suelo. Cuchillo en mano, me enderezo, miro alrededor, divertido y satisfecho y después de haber limpiado el filo, lo vuelvo a colocar en su funda. […]”
Si no hay fusión con el compañero, no podemos trabajar con un arma, sino se trataría de brutalidad, de pelea. Es justamente porque la utilizamos fusionándola con la respiración del compañero que podemos descubrir lo que antes nos descubrieron grandes maestros. Todos los esfuerzos para indicarnos la Vía, el camino a recorrer, serán inútiles si por nuestra parte no realizamos el esfuerzo de trabajar tal y como nos lo han sugerido. Con un arma en la mano podemos descubrir nuestra esfera, hacerla visible. Y es gracias a eso que podemos extender nuestra respiración a algo más grande que no se va a limitar a nuestra pequeña esfera personal, sino que irá más allá. Si utilizamos las armas de ésta manera veo que tiene sentido, pero si las utilizamos intentado cortar la cabeza de los otros, de herirles o de demostrar que somos más fuertes, entonces se tendría que ir a buscar en otro distinto al de nuestra Escuela. Las armas son la prolongación de nuestros brazos, que son la prolongación de nuestro centro. Hay líneas de ki que salen desde nuestro centro, del hara. Actúan a través de las manos. Si ponemos un arma en su extremo, un bokken, un wakizashi, un jo, esas líneas pueden converger. Son una prolongación. Puede que sea más fácil cuando trabajamos a manos desnudas, es más difícil con un arma. Pero se convierte también en algo más interesante: ya no estamos limitados, nos convertimos en “ilimitados”. Es justamente eso lo importante, es una continuación lógica de mi enseñanza. Al principio, trabajamos en pequeño, de manera estrecha de alguna manera, y poco a poco intentamos crecer, de ir más allá partiendo de nuestro centro. A veces, hay cortes, el ki no pasa por el hombro, por el codo, por la muñeca, por los dedos. A veces el bokken se convierte en el bastón de una marioneta de guiñol que pega al gendarme, y entonces no tiene sentido. Es por eso que enseño esas líneas que todos pueden ver. Es algo que se conoce en Acupuntura. Podemos verlo también en Shiatsu y en varios artes más. Y desde aquí, vamos más allá. Si pudiéramos materializarlos a través de líneas luminosas sería sorprendente verlo. Es también lo que nos une a los demás. Lo que nos permite comprender al otro. Se trata de líneas ligadas al cuerpo, no únicamente al cuerpo material, sino al cuerpo en su conjunto tanto físico como kokoro. Es lo que hay de sutil, de inmaterial, que está ligado, no hay diferencia.

Seitai-do

En nuestra Escuela practicamos éste arte llamado Seitai-do, la vía del Seitai. Éste arte que comprende entre otras cosas el Katsugen undo (Movimiento regenerador siguiendo la terminología de Itsuo Tsuda) nos permite re-encontrar tanto en el nivel de lo involuntario como en el de la intuición una calidad de respuesta poco habitual.
Despierta el instinto “animal” en el buen sentido del término un poco como cuando éramos niños, jugadores e incluso a veces realmente turbulentos, pero sin una agresividad real, que consideran la vida como un juego, con toda la seriedad que ello impone.
Es gracias a este arte que he descubierto la intermisión respiratoria, ese espacio entre inspiración y espiración, y entre espiración e inspiración. Ese momento infinitesimal casi indiscernible durante el cual el cuerpo no puede reaccionar. Es en uno de ésos momentos en los que se aplica la técnica Seitai. Al principio es difícil percibirlo y más aún actuar exactamente en ése momento, precisamente.
Sin embargo, poco a poco sentimos ese espacio de una manera muy clara y tenemos la impresión de que se extiende, y de hecho tenemos la impresión de que el tiempo transcurre de una manera diferente como a veces ocurre en una caída o en un accidente.
Nos podemos preguntar qué relación tiene esto con el trabajo con la armas en el Aikido.
Es que justamente nuestra búsqueda es en ésa dirección y la anécdota siguiente contada por Tsuda Sensei  es reveladora.

Un nivel demasiado elevado

Siendo joven, Haruchika Noguchi Sensei, creador del Seitai, quería practicar Kendo y se inscribió en un Dojo para aprender este arte. Después de los preparativos habituales, se encuentra un kendoka delante de él. Apenás el otro alzó su shinai por encima de su cabeza, Noguchi lo tocaba en la garganta, si bien no conocía ninguna técnica. El instructor le asignó un practicante de nivel más elevado, con idéntico resultado. Le pusieron un sexto dan delante, y éste no lo pudo hacer mejor. El maestro le preguntó si ya había practicado Kendo anteriormente: “Para nada” respondió, “sólo entro en el momento de la intermisión respiratoria, eso es todo.” “Ya habéis alcanzado un nivel demasiado elevado, Sensei” le contestarón. Es así como Noguchi Sensei no pudo aprender jamás el Kendo.
Para practicar el Aikido a manos desnudas, practicar el Aikiken, utilizar el jo, el bo, practicar los koryu o cualquier otro arte como Itsuo Tsuda que realizaba recitación Nô, lo esencial no está en la técnica, sino en el arte en sí mismo y su enseñanza tiene que permitir la realización del individuo. Tsuda Sensei, citando los diferentes artes que había practicado nos decía: “El Maestro Ueshiba, el Maestro Noguchi, el Maestro Hosada (Teatro Nô – Escuela Kanze Kasetsu) han cavado pozos de una profundidad excepcional. […] Han alcanzado las vías de agua, la fuente de la vida. Sin embargo, esos pozos no comunican entre ellos, pese a que encontremos la misma agua en ellos.”

 – Régis Soavi

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